Todo empezó con un correo de Paco.
“….me marcho a Africa….10 días en Junio… la idea es subir el pico Lenana en el Monte Kenia, hacer algo de safari viendo animales, bajar hacia el valle de Rift, pasando antes por las Tierras Altas, para ver los lagos y de ahí de vuelta a Nairobi……”
¡¡¡Vaya plan¡¡,
Me lo pienso dos segundos…. “…cuenta conmigo, si cuadro las vacaciones, me voy”.
Y nos fuimos…Llegamos a Nairobi, cada uno por un sitio distinto, pero coincidimos a la misma hora en la oficina de visados.
La primera en la frente, no nos llega la tienda de campaña, ¡a ver dónde dormimos…tendremos que alquilar una¡.
Salimos del aeropuerto y nos toca la primera toma de contacto con el país.
¡¡¡hay que regatear¡¡¡, aquí no hay precios fijos, tienes que jugar al regateo para comprar cualquier cosa.
De eso se encarga Paco, luego al hotel, cena y a un local de Nairobi.
¡Cuantos negros hay aquí¡ (sin ningún sentimiento despectivo).
Me chocó, porque en Sudáfrica, que también es Africa, no ves tantos.
¡No teníamos opción¡
Recogemos el coche de alquiler (no sabía el pobre lo que le esperaba y nosotros tampoco) y emprendemos la ruta.
Lo primero y más difícil es salir de Nairobi en la dirección correcta, así que preguntamos a un conductor de un Matatu, y nos dijo que le siguiéramos.
Tarea casi imposible, además de conducir por la izquierda, conducen muy deprisa y sin mirar apenas. Al final salimos de la ciudad por una pista de tierra que era la carretera.
Cruzamos varios pueblos, y el paisaje va cambiando hasta llegar a Naru Moru, ahí está el parque nacional del Monte Kenia, y allí nos quedamos a pasar la noche.
Al día siguiente preparamos las mochilas y empezamos a subir. Cambia el paisaje por completo, si no fuera por la vegetación podríamos estar en Pirineos o Alpes.
Hicimos todo el recorrido solos, sólo coincidimos con el guardia del refugio que nos indicó como subir a cumbre. Después de pasar una muy mala noche y levantarnos muy tarde, nos subimos hacia el pico, sin prisa pero sin pausa.
No se que nos gustó más, las subida, el pico, las vistas desde esa zona o la bajada…. Yo creo que la bajada.
Como corresponde a nuestra categoría de corredores, nos la hicimos prácticamente corriendo, cuando llegamos al refugio nos dolía todo de bajar frenando, son muchos metros y bastante empinados.
Por un dolor de cabeza bastante fuerte decidimos recoger y bajarnos para perder altura. Así que por la tarde estábamos ya en el coche. Ducha de agua fría en lo que a partir de ahora sería lo habitual, un cuarto pequeño con bastante mal aspecto, cena y al saco.
Primera etapa del viaje cumplida.
Ahora estamos en la Reserva Nacional de Samburu, el paisaje ha cambiado, ya no es verde. Ahora todo es zona de desierto, de color blanco, con muchas piedras, pequeñas y grandes, muchas acacias y todo muy seco. Una zona muy agreste. Vemos bastantes animales y el coche empieza a darse cuenta de lo que le espera. Todo el lateral está arañado de ramas, veremos a ver cómo lo disimulamos.
La noche la hacemos en un campamento en mitad del parque, cerca del río. Cualquiera sale por la noche de la tienda, así que toca aguantarse hasta que amanece.
Nos levantamos masticando tierra por todo el aire que ha soplado durante la noche.
Recogemos y nos vamos hacia el siguiente destino.
Antes pasamos por un poblado de la tribu Samburu. La verdad es que es una pena que los turistas hayamos generado esta situación. Para ellos somos un dólar andante e intentan sacar lo mayor posible.
Paramos para verlo y nos pidieron dinero para entrar en el poblado, dinero para ver las casas, dinero para ver al herrero…dinero para todo.
Al final nos fuimos sin ver nada, sin comprar nada y con la sensación de que era un timo.
Después de comprar comida y un camping gas (la segunda en la frente, no teníamos recambio de gas para cocinar) nos adentramos por las pistas de las Tierras Altas. Ahí si que perdemos el contacto con la civilización.
Durante kilómetros no vemos más que desierto y de vez en cuando algún poblado de la tribu Samburu, cuatro chozas, rodeadas de ramas de acacias. Y a continuación un niño o una niña de la tribu, cuidando del rebaño.
“¿Y estas personas de que se alimentan, si aquí no se puede cultivar nada?”.
Supongo que de lo que les dan los animales, leche y sangre.
Durante muchos kilómetros es lo que vemos, el paisaje va cambiando de color pero no se hace más amigable. Siempre es el mismo tipo de terreno.
Son personas guapas y orgullosas, vestidas con sus telas de colores, con sus collares y pulseras, todos altos y esbeltos. Es bonito verlos andar al lado de las pistas.
Esta es su forma de vida, por lo difícil del terreno, mucho más admirable.
Y seguimos por pistas hasta llegar a Wamba para llenar el depósito del coche. Cerca de allí estuvo la Masai Blanca (supongo que el libro o la película os sonará).
Aquí cambian las tornas. El hombre blanco hace mucho que no pisa esta zona.
Pasamos de ser observadores a ser observados y curioseados por adultos y niños.
Una sensación muy rara, demasiado. Me siento bastante incómoda.
Nos sentamos a tomar algo en un escalón y se nos acercó un señor que nos contó la historia de su vida, y su día a día. Viven rodeados de campo, de animales salvajes.
Al lado hay una montaña donde hay leones, elefantes, jirafas, una familia de monos muy característicos …. Es algo impensable para nosotros. Más, cuando por la pista, a pocos metros del último pueblo, vemos dos leonas en un altillo.
La vida aquí tiene pinta de ser un poco peligrosa. Más cuando la vida de estas personas gira alrededor de los caminos y pistas, ya que van a todos los sitios andando.
Continuamos el viaje que se hace ya un poco duro. Pocos kilómetros en mucho tiempo.
Llegamos a Maralal, encontramos sitio donde acampar. Nos quitamos de encima todo el polvo que se nos ha pegado por el camino, hacemos la cena y nos paramos a ver el cielo lleno de estrellas.
De aquí pasamos a la zona del valle del Rift, la idea es llegar a Loruk, para ver los lagos Baringo y Bogoria. El camino está un poco mejor, pero sólo al principio.
El paisaje compensa todas las incomodidades del viaje. Llegamos al Lago Baringo, y allí nos encontramos de frente con la realidad, en 50 metros nos piden varias veces dinero, comida, lápices y cuadernos…no estamos acostumbrados a eso y nos agobiamos un poco.
Salimos de allí hacia el lago Bogoria, un lago en el que viven muchos flamencos. Todo el borde del lago es rosa, el número de flamencos es tremendo. Además hay geiseres y y fuentes termales que le dan un aspecto curioso.
Acampamos al final del lago en una zona de higueras muy antiguas, allí coincidimos con un grupo de españoles.
Mira que uno se alegra mucho de ver personas de su mismo país cuando está en el extranjero, pero esta no fue exactamente la situación. O ellos o nosotros, éramos un poco raros.
De aquí enlazamos con las últimas etapas de nuestro viaje. Nos dirigimos hacia el lago Naivasha, lago precioso donde los hipopótamos campan a su antojo y hacia el monte Longonot,
La subida al monte Longonot fue curiosa, coincidimos con una escuela, empezamos a subir con ellos y ellos con nosotros… y terminamos picándonos unos con otros y subiendo todos casi corriendo…¡¡¡menuda tontería¡¡¡.
Luego vuelta alrededor el cráter del volcán y bajada a por el coche.
Si algo llama la atención es el número de escuelas y colegios que hay por todas partes.
Todos llenos de niños y adolescentes vestidos de uniformes.
Segunda etapa del viaje cumplida.
Último día, vuelta a Nairobi.
Devolvemos el coche con el estómago en un puño, a ver si la encargada no ve todos los arañazos que le hemos hecho y algún que otro desperfecto….¡¡ Pufffff.. sólo se ha quejado de que el depósito no estaba lleno¡¡.
Buscamos la tienda de campaña por todo el aeropuerto… pero se niega a aparecer. Así que la damos por perdida.
Y nos vamos a comer carne a un restaurante típico de Nairobi. Ya que la dieta casi vegetariana a la que he sometido a Paco le tiene en los huesos.
Aquí otro choque con la realidad, las personas que estaban comiendo eran todas familias con dinero y bastante gordos. Lo que contrastaba mucho con todas las personas que habíamos visto durante todo el camino.
La diferencia de estatus social se nota mucho. Prefiero a las tribus de Samburus que hemos dejado por el camino.
Y aquí se acaba nuestro viaje, con un montón de cosas cogidas con alfileres por la rapidez del viaje y por la intensidad del mismo. Con la sensación de haber estado un mes de vacaciones y con la idea de que todas estas personas son felices.
Siempre con la sonrisa en la boca y mirándote directamente a los ojos.
Firmado: Carmen G.
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